
En un contexto de decadencia, donde las élites políticas y económicas actúan sin control, donde el bienestar y la cohesión social se ven cada vez más erosionados, y donde la «sociedad del entretenimiento» nos distrae y fomenta el culto a la pereza, somos muchos los que nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí.
¿Hemos decidido realmente vivir de esta manera?
¿Estamos satisfechos con lo que tenemos o simplemente nos hemos resignado?
¿Sabemos lo que queremos o solo tenemos claro lo que rechazamos?
¿Hemos olvidado nuestras verdaderas necesidades?
¿Hemos dejado atrás el bien común y la convivencia?
¿Hemos perdido nuestra identidad como pueblo?
¿Por qué nuestra «libertad» está supeditada a los intereses de quienes nos gobiernan?
Parece que, mientras tengamos un mínimo de bienestar y entretenimiento, somos fácilmente manipulables, permitiendo que nuestros dirigentes actúen a su antojo. Pan y circo bastan para mantenernos inertes.
¿Será el día en que falte el pan cuando decidamos prender fuego a este circo?
Sin embargo, hay algo que nos carcome por dentro, que no nos deja descansar. No es el hambre, sino nuestra propia conciencia. Vivimos una crisis moral, una crisis de integridad y dignidad que nos sumerge en la insatisfacción y la confusión, empujando a muchos hacia la radicalización y el rencor.
En este escenario, algunos sucumben y quedan a merced de unos pocos poderosos, quienes, con total descaro, se presentan como guardianes de la moral mientras exhiben sin pudor su mezquindad, deshonestidad, corrupción y egoísmo. Su mensaje es claro: todo vale.
Pero hay otros que sentimos una pulsión diferente, un impulso hacia la libertad, la justicia, la igualdad y la verdadera democracia. Ser coherentes con nuestros principios nos obliga a actuar. No queremos seguir jugando en un tablero amañado, sino crear una alternativa al margen del sistema, derribar las estructuras corruptas y establecer nuevas reglas basadas en la representación política real, la separación de poderes efectiva y la independencia judicial genuina. Sin una libertad colectiva auténtica, nunca podremos aspirar a nuestro propio bienestar. Confiar en que un «libertador» vendrá a rescatarnos es una ilusión peligrosa; nuestros derechos nos corresponden por naturaleza y debemos conquistarlos por nuestra propia acción.
El poder y los intereses dictan la realidad. Si no somos capaces de enfrentarnos a ellos con pragmatismo y determinación, estamos condenados a la destrucción de nuestra sociedad.
Por eso, tenemos clara la senda a seguir: SOCIEDAD CIVIL, RUPTURA Y DEMOCRACIA. Es el camino para desmontar el Estado, derrocar su actual estructura y regenerarlo, instaurando la única forma de gobierno verdaderamente justa: la DEMOCRACIA FORMAL.
Hacemos un llamamiento a la unión de la nación, a la acción ciudadana para regenerar la sociedad civil y a la desobediencia contra el régimen oligárquico de partidos que domina España. Es momento de cambiar de raíz el paradigma decadente en el que vivimos.
Cada individuo es clave en esta lucha. Ruptura y Democracia, al igual que muchas otras iniciativas que deben surgir, se propone como un medio para canalizar esta lucha, sumando fuerzas, formando ciudadanos y coordinando acciones para alcanzar la libertad política colectiva.
¡Únete! Salud, y a por la ruptura.